Las iglesias de Fuerteventura no son únicamente edificios religiosos. Son parte de la memoria colectiva de nuestra isla. Son patrimonio histórico, artístico, cultural y humano. En torno a ellas crecieron nuestros pueblos, se forjaron nuestras tradiciones y se transmitieron, de generación en generación, valores que han configurado la identidad de los majoreros.
Hoy, muchas de estas iglesias y ermitas presentan un preocupante estado de deterioro. El paso del tiempo, las inclemencias del clima y, sobre todo, la falta de mantenimiento continuado están provocando que un patrimonio irreemplazable se vaya deteriorando poco a poco, hasta el punto de que algunas edificaciones corren un serio riesgo de sufrir daños difíciles o incluso imposibles de reparar.
No se trata únicamente de una cuestión religiosa. Independientemente de las creencias de cada persona, estas iglesias forman parte de nuestra historia común. Son testigos de siglos de vida de nuestros pueblos: en ellas fueron bautizados nuestros abuelos y bisabuelos, allí se celebraron matrimonios, se despidió a quienes nos precedieron y se compartieron los momentos más importantes de la vida de miles de familias. Son lugares donde se conserva una parte esencial de nuestra identidad como pueblo.
La riqueza patrimonial de Fuerteventura no puede entenderse sin sus templos, sus retablos, sus imágenes, sus archivos parroquiales, sus campanarios y las plazas que crecieron a su alrededor. Constituyen un legado que hemos recibido de quienes nos precedieron y que tenemos la responsabilidad moral de transmitir, en las mejores condiciones posibles, a las generaciones futuras.
La conservación del patrimonio nunca debería verse como un gasto, sino como una inversión en cultura, educación, identidad y turismo sostenible. Las iglesias históricas forman parte de los recursos patrimoniales más visitados por quienes llegan a nuestra isla interesados en conocer su historia y sus raíces. Su conservación beneficia al conjunto de la sociedad.
Por ello hacemos un llamamiento a todas las administraciones públicas competentes —Gobierno de Canarias, Cabildo de Fuerteventura y ayuntamientos— para que impulsen planes de restauración, conservación y mantenimiento periódico de las iglesias y ermitas históricas de la isla, priorizando aquellas que presentan un mayor deterioro y estableciendo programas estables de financiación que eviten que las intervenciones solo lleguen cuando el daño ya es irreversible.
Al mismo tiempo, invitamos a toda la ciudadanía a valorar este patrimonio como algo propio. Cuidar nuestras iglesias no es únicamente responsabilidad de las instituciones; también depende de que como sociedad sepamos reconocer el inmenso valor histórico y cultural que representan y exijamos su protección.
Una sociedad que cuida su patrimonio demuestra respeto por su pasado y compromiso con su futuro. Las generaciones que nos precedieron levantaron estos templos con enormes sacrificios, muchas veces piedra sobre piedra y con el esfuerzo de todo un pueblo. Gracias a ellos hemos recibido un legado que hoy sigue hablando de nuestras raíces, de nuestra cultura y de nuestra forma de entender la vida.
No permitamos que el abandono borre esa historia.
Conservar nuestras iglesias es conservar la memoria de Fuerteventura. Es preservar la identidad de nuestro pueblo. Es honrar a quienes nos precedieron y ofrecer a quienes vendrán después un patrimonio vivo del que sentirse orgullosos.
Todavía estamos a tiempo. Pero el tiempo pasa y cada año de espera hace más difícil y costosa la recuperación de un patrimonio que, una vez perdido, ya no podrá recuperarse.Cuidar nuestras iglesias es cuidar Fuerteventura.


